Cuando se padece sensibilidad química múltiple...

Cuando se padece sensibilidad química múltiple...

Los enfermos de sensibilidad química, si quieren conservar su bienestar, mejor que se alejen de perfumes, colorantes o aditivos de la comida, detergentes, jabones, champús... e incluso en ocasiones, tampoco pueden acercarse a antenas, dispositivos Wi-fi o un exceso de teléfonos móviles.

 

Se trata de un síndrome todavía no reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como enfermedad, pero sí contemplado por el Ministerio de Sanidad, constituyendo la denominación más utilizada para describir un conjunto de síntomas vinculados a un amplio abanico de agentes o componentes presentes en el medio que habitamos.

Se trata de una enfermedad multisistémica y de curso crónico, por lo que aunque se mejoren sus síntomas, acompañará al paciente durante toda su vida. Según ha explicado el doctor Pablo Arnold Llamosas, inmunólogo especializado en este síndrome, «los que la padecen son personas que ante la existencia de químicos extraños, sintentizados, manifestan síntomas como cansacio, problemas ligados al sistema neurovegetativo, alteraciones respiratorias y digestivas, palpitaciones o mareos, entre otros».

El primer documento sobre este tema publicado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad en el 2011 hablaba de que por aquel entonces existía un extenso debate en cuanto a la enfermedad, ya fuese por la variedad de síntomas, como por los grados de afectación. También había debate respecto a los mecanismos biológicos que la originan, con una falta de criterio común para su diagnóstico y tratamiento.

El debate sigue igual de abierto, y la necesidad de mejorar el conocimiento científico acerca de la sensibilidad química múltiple permanece latente ante buna falta de consenso, que hace que la entidad de salud internacional no la reconozca todavía como enfermedad.

El síndrome también es conocido con otros términos, como síndrome de hipersensibilidad química, alergia universal o alergia cerebral, entre otros, términos que sirven para hacerse una idea de la magnitud del problema.

Por el momento, no se conocen sus bases fisiopatológicas, aunque diferentes investigaciones apuntan a posibles orígenes. Desde variables inmunológicas o factores psicológicos, hasta alteraciones en el metabolismo de xenobióticos o una infección por virus o bacterias. Con todo, las principales hipótesis fisiopatogénicas se agrupan en dos grandes bloques: una se centra en un origen orgánico tóxico, mientras que la otra se orienta hacia una causa psicopatológica.

El Ministerio ya señalaba en el 2011 que a medida que se conoce más acerca de la enfermedad, cada vez son menores los trabajos que hacen referencia al origen psicopatológico, «y predominan las investigaciones que se enfocan hacia un origen organo-tóxico».

En este sentido, los expertos coinciden en que se investiga poco al respecto, hasta el punto de que según la doctora Carmen Navarro, experta en el diagnóstico y tratamiento de enfermedad de Lyme y especialista en medicina ambiental, «se estudia más el síndrome de fatiga crónica o la fibromialgia, que están asociados. Todo se puede englobar en un síndrome que se llama enfermedad de sensibilización central», para añadir que «sin embargo, se piensa que el origen se debe a un exceso de toxicidad en el organismo. Es decir, a mucho estrés oxidativo».

Tan heterogéneos son los síntomas, como el perfil de pacientes, de forma que los primeros son diversos y se manifiestan en múltiples sistemas y órganos: dificultad para respirar, fatiga, mareos, náuseas, picores, alergias o desmayos; mientras que a lo segundo, el síndrome tiene una mayor prevalencia en las mujeres.

Los factores que explican esta diferencia no están claros, aunque existen diferentes hipótesis, ya que al no existir biomarcadores específicos que permitan confirmar un diagnóstico, como ocurriría con una anemia, la detección de este síndrome se basa en criterios clínicos, en los propios síntomas que explique la persona y en la historia que muestra cómo ha sido la exposición química.

Para apoyar el trabajo del profesional, se utilizan diferentes cuestionarios que permiten ponerle nombre y apellidos a los desencadenantes, valorando su gravedad y el impacto en la actividad diaria del posible paciente, que por cierto, es bastante alto.

Con la poca investigación al respecto, y con la falta de biomarcadores para detectarla, no resulta extraño que las personas afectadas tarden tiempo en ser diagnosticadas; o bien se confunden sus síntomas, o bien son derivadas a especialistas que no acaban de dar una atención médica definitiva.

Este retraso, a su vez, trae consecuencias físicas, psicológicas y sociales para el paciente y los de su alrededor, de forma que no existen datos concretos sobre su incidencia porque la OMS no la reconoce como entidad nosológica. Eso sí, la evidencia científica apunta a una prevalencia variable entre el 0,2 y el 4 % de la población. La exposición a los agentes químicos puede aparecer años después, o hacerlo, pero de manera progresiva.

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