Alergia al agua: cuando bañarse es un infierno

Si el agua pasa por la garganta de Rachel, le abrasa la piel dejando un rastro de ronchas rojizas y urticantes tras de sí. Rachel Warwick, es una mujer con una rara condición: es alérgica al agua. Solo hay 32 personas en el mundo como ella.

Para ella los baños relajantes son una pesadilla y la idea de bucear en un mar tropical puede llegar a ser tan desagradable como frotarse el cuerpo con lejía. "Ese tipo de cosas son el infierno para mí", dice Rachel, que vive en Reino Unido.

Cualquier contacto con el agua, sea el que sea —incluso su propio sudor— le provoca un doloroso e intenso sarpullido con picazón que puede durarle horas. Cuando llueve mucho Rachel no puede salir de casa; y en cuanto a las actividades cotidianas como lavarse, es su marido quien la ayuda.

Para minimizar el sudor, viste ropa de color claro y evita hacer ejercicio. Su caso ha sido conocido gracias a un reportaje presentado por la BBC Mundo, en el que esta mujer reveló que fue diagnosticada con este mal a la edad de 12 años.

También conocida como urticaria acuagénica, su enfermedad equivale a sufrir la comezón causada por una mata de ortigas especialmente malignas y, al mismo tiempo, padecer los síntomas de la alergia al polen (picor en la nariz y en los ojos y estornudos, entre otros) cada día. El contacto de la piel con el agua, incluso la que esté más limpia y filtrada, le causa una urticaria y una comezón que la agobia.

La urticaria acuagénica siempre ha sido muy desconcertante para los científicos. Técnicamente, la condición no es una alergia como tal, pues probablemente es causada por una reacción inmune a algo dentro del cuerpo, y no es una reacción excesiva a algo extraño, como el polen o los cacahuetes. La primera teoría que trató de explicar cómo funciona decía que el agua interacciona con la capa más externa de la piel, que está hecha, principalmente, de células muertas o de la sustancia aceitosa que la mantiene hidratada.

El contacto con el agua puede hacer que esos componentes liberen compuestos tóxicos, los cuales a su vez causarían una reacción inmune. Otros sugirieron que el agua podría, simplemente, disolver los químicos en la capa muerta de la piel, dejando que penetren más profundamente donde pueden causar la reacción. En lugar de tomar agua, Rachel toma abundante leche y varios antihistamínicos. De hecho, tratar la piel con químicos solventes antes de la exposición —lo cual permitiría que el agua llegara hasta esa capa— hace que la reacción sea todavía peor.

Otra teoría es que la reacción de Rachel es causada por unos cambios de presión que activan de forma accidental la alarma inmunológica. Sea cual sea la causa de la reacción, según del dermatólogo Marcus Maurer, fundador del Centro Europeo de Investigación de las Alergias (ECARF, por sus siglas en inglés) en Alemania, se trata de una enfermedad abrumadora que puede transformar la vida de quien la padece. "Tengo pacientes que han tenido urticaria durante 40 años y todavía se levantan con ronchas y edemas (inflamaciones) cada día", dice Maurer.

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